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Jorge Juan, el sabio español #EnHebrasMatemáticas

A principios del siglo XVIII los océanos se tiñen con la sangre de nuevas guerras.

En aquel azul oscuro casi negro, alguien puso rumbo a la eternidad surcando olas de mar y matemáticas:

JORGE JUAN, EL SABIO ESPAÑOL

#EnHebrasMatemáticas

Dentro HILO

La muerte, sin descendencia, de Carlos II, llamado “el Hechizado”, supone el naufragio de la Casa de Austria en España y el desembarco de los Borbones. En los albores del siglo XVIII, el nieto de Luis XIV de Francia es coronado rey de España con el nombre de Felipe V.

El vigoroso “navío francés” parecía acercarse a la pretendida hegemonía europea. Un escenario donde España y Francia compartieran Borbón era lo más parecido a un “tierra a la vista”.

Las rocosas Inglaterra y Holanda trataron de esquivar aquella isla aupando al archiduque Carlos de Habsburgo.

La contienda duró trece años; y un océano amargo abrió sus brazos de sangre y pólvora a Jorge Juan y Santacilia, el marino ilustrado, el sabio español.

Una corriente de agua dulce en la inmensidad del océano, un oleaje escondido en la travesía de la historia.

El 5 de enero del año 1713, tres meses antes de la firma del Tratado de Utrecht que suponía el final de la guerra y un cambio profundo en el mapa político europeo, el pequeño Jorge vio la luz, que no el mar, en la finca El Fondonet (Novelda, Alicante).

Su padre, Bernardo Juan, natural de Alicante, provenía de la familia de los Condes de Peñalba. Su madre, Violante Santacilia, descendía de una acomodada familia ilicitana.

Ambos, viudos demasiado pronto, habían decidido casarse en segundas nupcias e instalarse en la Plaza del Mar de Alicante.

El júbilo por el nacimiento de Jorge, en pleno reposo vacacional, se truncó tres años después con la muerte de su padre. La familia se truncó y el pequeño comenzó a estudiar en Alicante y, más tarde, su tío Cipriano, Caballero de la Orden de Malta, lo envió a Zaragoza.

Una vez garantizada la limpieza de sangre desembarcó en Malta para ingresar la una Orden que, entre otras cosas, implicaba el celibato de por vida.

A los trece años era “paje” del Gran Maestre y sus fructuosas prácticas contra los “infieles” le distinguieron como Comendador de Aliaga en Aragón.

Jorge regresó a España siendo un héroe adolescente para alistarse en la recién creada Real Compañía de Guardiamarinas (en Cádiz), cuyo objetivo era la renovación de la Armada y la defensa de los intereses de la Corona de España.

Ante sus ojos, de babor a estribor, de proa a popa, un gran océano intelectual.

Bien es cierto que, a pesar de asignaturas con nombres tan pomposos como Geometría, Trigonometría o Astronomía, los contenidos parece ser que se limitaban a los Elementos de Euclides, y “Euclides” fue el sobrenombre que sus compañeros le atribuyeron.

Cádiz era, aun así, una puerta abierta a la Europa Ilustrada, a las corrientes enciclopedistas, a las avanzadas teorías newtonianas, y al comercio con América; en una España dieciochesca, plagada de claroscuros barrocos, que se resistía al avance de las nuevas corrientes ideológicas.

A los veintiún años de edad, inundado de las nuevas ideas, finalizó sus estudios de Guardiamarina.

La navegación ya le había calado hondo.  Poco importaba si la expedición perseguía el simple castigo de los piratas o la coronación en el trono de Nápoles del futuro Carlos III de España (en 1734).

Ese mismo año Felipe V recibió la solicitud de su primo Luis XV de Francia, para que Godin, La Condamine y Bouger, miembros de la Academie Royale des Sciences de París, viajasen a Quito (Virreinato del Perú), a fin de obtener la longitud del arco terrestre correspondiente a un grado de meridiano.

Los meridianos son las semicircunferencias máximas imaginarias del globo terrestre que pasan por los polos Norte y Sur.

Sí, las que, por ejemplo, nos sirven para establecer los husos horarios.

En última instancia la expedición perseguía conocer la forma de la Tierra, que era crucial para la cartografía. Algunos, como Cassini, mantenían que la Tierra tenía forma de esferoide alargado por los polos; otros, como Newton y Huygens, apostaban por una esfera achatada por los polos.

El cálculo sería confrontado con el realizado por Maupertius en Laponia. La conclusión se alcanzaría teniendo en cuenta que, a un radio menor, la longitud del arco sería más pequeño que el de otro radio mayor, siendo sus ángulos iguales

Felipe V facilitó la misión para «¿apoyar a la ciencia española?”.

Sin explicación aparente seleccionaron a dos jóvenes guardiamarinas (que fueron ascendidos a tenientes de navío): Jorge Juan (21 años) y Antonio de Ulloa (19 años). Aquella travesía cambiaría sus vidas para siempre.

Jorge Juan sería el matemático; Antonio de Ulloa, el naturalista.

Además del objetivo puramente científico, su equipaje estaba colmado de ilusión, otros pequeños propósitos (históricos, cartográficos, botánicos y mineralógicos), y algo más…

Felipe V les encargó dos objetivos “secretos”, su verdadera motivación:

(1) un informe sobre la situación real de los virreinatos, y

(2) el control de los científicos franceses en su paso por las colonias españolas.

Les aguardaban nueve años durísimos donde hicieron frente al mal de altura, tormentas, aguaceros, caimanes, víboras, frío, hambre, soledad y, sobre todo, a las diferencias personales entre los viajeros.

La medición del arco de meridiano era una tarea compleja en la que debían conjugar diferentes disciplinas matemáticas, como la trigonometría esférica y la astronomía, y una gran destreza en cuanto a la medida de grandes longitudes y ángulos.

Nuestra común residencia era dentro de la choza, porque el exceso del frío y la violencia de los vientos, no permitían otra cosa, […]; todo era […] vivir en continuo sobresalto, (que el viento) arrancara nuestra habitación y diera con nosotros en el precipicio, o (que la nieve) nos dejase sepultados…

Antonio de Ulloa

Ambos sortearon los frecuentes enfrentamientos entre los franceses, gracias a los cuales incrementaron considerablemente sus conocimientos, e interrumpieron su trabajo al menos tres veces para solucionar cuestiones relacionadas con la defensa marítima de las cosas del Virreinato.

La empresa mereció la pena. No en vano, Jorge Juan obtuvo la mejor aproximación de la longitud del arco de un grado de meridiano de entre todas las tentativas. La confrontación de dicho cálculo con la medición obtenida en Laponia desembocó en una nueva Tierra “achatada por los polos”. Newton wins.

Esta medición permitió la aparición de mapas más realistas. Así, Jorge y Antonio realizaron cuarenta de las cien cartas modernas del mundo. Pero no solo eso: poco después, el sistema métrico decimal fue adoptado universalmente como la nueva unidad de medida de longitud.

El regreso a Europa lo hicieron por separado para asegurar que las notas llegaran a buen puerto.

Jorge Juan llegó a Brest en octubre de 1745. Desde allí se dirigió a París y, tras contactar con grandes científicos, acabó ingresando en la Royale Academie des Sciences.

El navío de Antonio de Ulloa, en cambio, fue atacado por los ingleses y tuvo que arrojar al agua los informes “secretos”. Le llevaron preso, pero las notas científicas (donde describía nuevos minerales, como el platino, por primera vez) le abrieron las puertas de la Royal Society.

Los textos escritos no sólo reflejaban los avances científicos esquivando magistralmente el acoso inquisitorial, sino que también denunciaban la situación de las colonias:

“La tiranía que padecen los indios nace de la insaciable hambre de riquezas que llevan a las Indias a los que van a gobernarlos”.

Observaciones astronómicas y phisicas hechas de orden de S. M. en los Reynos del Perú (Jorge Juan y Antonio de Ulloa) recogía todo el conocimiento adquirido bajo un título que posiblemente no le hacía justicia. Jorge Juan fue una de los primeros españoles en manejar las nuevas ideas del cálculo infinitesimal de Newton y Leibniz.

https://www.youtube.com/watch?v=yphj0kWk21A

Ambos regresaron a Madrid después de la muerte de Felipe V (1746), pero fueron recibidos con cierta indiferencia. La decepción fue tal que Jorge Juan estuvo tentado de regresar a Malta. Sin embargo, el Marqués de la Ensenada vio en él a la persona ideal para desarrollar su política naval y armamentística.

Fernando VI, con los valiosos informes secretos en las manos, aceptó la decisión del Marqués de la Ensenada.

Las notas de Jorge y Antonio se publicaron, no sin reparos por la aceptación del sistema heliocéntrico de Copérnico, en 1748 (tres años antes que la edición francesa).

En 1749 Jorge Juan marchó a Londres con el nombre ficticio de Mr. Josues para recoger información sobre la construcción de navíos (armas, máquinas, materiales, constructores). Algo estaba claro: el país dominante sería aquel con mejores navíos y, por tanto, mejor transporte marítimo y defensa naval.

Jorge Juan enviaba la información, periódicamente y de forma manuscrita, al Marqués de la Ensenada.

A pesar de su identidad falsa, fue admitido como miembro de la RoyaI Society de Londres, al igual que lo había sido Ulloa (veinte años después de la presidencia del gran Isaac Newton).

Pero las corrientes marinas que se generan en lo profundo, acaban saliendo a la superficie; y, año y medio después, debió escapar ganando la costa francesa disfrazado de marinero, no sin antes haber conseguido llevarse a España cincuenta técnicos navales.

El Rey le ascendió a capitán de navío y diseñó entonces un nuevo plan para todos los departamentos y arsenales, construyendo diques, contratando constructores e implementando un novedoso criterio industrial de división del trabajo. A partir de aquí, su carrera como “sabio de estado” es meteórica.

En 1754 el Rey le nombra Ministro de la Junta General de Comercio y Moneda, con el encargo de examinar y arreglar varios pesos y ligas de las Monedas.

Un mes después, el Marqués de La Ensenada, su protector, tras intentar recortar los privilegios de la nobleza, es desterrado a Granada, y desposeído de todos sus cargos.

Jorge Juan, diestro en la navegación con altas y bajas mareas, emprendió el viaje desde Cartagena, se sentó a su mesa y le ofreció su corta hacienda. Lo mismo hizo Antonio de Ulloa, sin previo acuerdo.

Jorge Juan, que nunca más volvió a tener tanto peso como en la época de Ensenada, fundó en Cádiz la Asamblea Amistosa Literaria, que reunía los jueves en su casa a fin de discutir diferentes cuestiones científicas, y que pretendía ser el embrión de una futura Academia de Ciencias.

http://www.jorgejuan-aal.com/

Allí surgió la idea de escribir Examen Marítimo (publicada en Madrid en 1771 y traducida por toda Europa) que sería la piedra angular de la teoría de la construcción naval, la primera escrita con cálculos matemáticos. En España, sin embargo, quedó relegada al ostracismo por motivos políticos evidentes.

http://www.cervantesvirtual.com/portales/jorge_juan_santacilia/

Carlos III, el rey ilustrado, sucede a Fernando VI. La opinión de Jorge Juan, considerada infalible, era requerida para el análisis de arduas cuestiones políticas hasta tal punto que Carlos III le nombra Embajador Extraordinario en la Corte de Marruecos para una difícil misión política.

Los más de seis meses de actividad diplomática no le sentaron bien a su salud, pero regresó habiendo firmado un tratado de diecinueve artículos en los que las aspiraciones españolas quedaban aseguradas en su mayor parte.

Su último puesto de servicio (en 1770) fue la dirección del decadente Real Seminario de Nobles, con tan sólo trece alumnos. Tres años después, tras la renovación de los planes de estudios y la calidad y cantidad del profesorado, reflotó el Seminario hasta llegar a los ochenta y dos alumnos.

Jorge Juan murió el 21 de junio de 1773, según dicen, de un “accidente alferético”.

Su barco “naufragó” tras una travesía de sesenta años y seis meses. Un lugar del océano le pertenece, una franja de arena, una marea.

Don Jorge Juan, era de estatura y corpulencia medianas, de semblante agradable y apacible […], y sus costumbres fueron las de un filósofo cristiano.

No apreciaba a los hombres por la provincia de donde eran naturales; era el valedor, cuasi el agente de todo hombre útil.

Benito Bails

Esta es la intensa y abrumadora vida de un sabio, ilustrado, matemático, marino y diplomático sin parangón. Un personaje donde la inteligencia y el atrevimiento, la razón y la pasión, se dan la mano. Un hombre de estado. Un hombre de “estados”. Un hombre de mar.

El sabio español.

Si has llegado hasta aquí, muchísimas gracias. Estas palabras están dedicadas al legado de aquellos hombres y mujeres que hicieron de la ciencia y el conocimiento su modo de vida, y que, injustamente, desconocemos.

Algunos enlaces:

https://www.youtube.com/watch?v=5UumFbbHvgU

https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4396175

http://www.jorgejuan-aal.com/biografia/

http://www.cervantesvirtual.com/portales/jorge_juan_santacilia/

Agradezco los siguientes comentarios aportados por mi compañero el profesor Miguel Ángel Goberna de la Universidad de Alicante:

1. «Una vez garantizada la limpieza de sangre desembarcó en Malta para
ingresar en [en lugar de «la»] una Orden que, entre otras cosas, implicaba el
celibato de por vida». Sus biógrafos más fiables, Armando Alberola y Rosario Die
creen que tal afirmación pretende justificar su falta de relaciones afectivas
conocida con mujeres.

2. «Un mes después, el Marqués de La Ensenada, su protector, tras intentar
recortar los privilegios de la nobleza, es desterrado a Granada, y desposeído de
todos sus cargos». Esta afirmación también me parece hagiográfica, en este caso
en favor de Ensenada quien, según la mayoría de historiadores, fue castigado por
instigar una acción encubierta contra la colonia inglesa de Belice, en contra de
la política no intervención en el conflicto anglo-francés decidida por Fernando
VI.

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