Florence Nightingale o cómo no rendirse nunca

#TalDíaComoHoy, hace doscientos años, nació Florence Nightingale. En su honor, hoy es el Día de la Enfermera y la Matrona y este año es el Año Internacional de la Enfermera y la Matrona y el Año Internacional de la Mujer en la Estadística y la Ciencia de Datos. Sirva este texto, en este momento tan complicado, para rendir homenaje a aquellas mujeres (y hombres) que bien sea tratando de comprender desde la estadística o cuidando de nosotros en un hospital luchan por hacer de este mundo un mundo mejor.

Este texto ha surgido como colaboración con mi admirada compañera Anabel Forte, profesora de la Universidad de Valencia, cuyo ánimo y esfuerzo (como el de Florence nunca decae) y que me ha regalado un poco de ánimo para reengancharme a la redacción de estas historias. En su blog (http://anabelforte.com/) podréis conocer las primeras etapas de la vida de Florence: http://anabelforte.com/2020/05/12/florence-nightingale-o-como-no-rendirse-nunca/.

He aquí su experiencia a partir de la Guerra de Crimea.

La guerra que lo cambió todo

En 1853 el ejercito británico se enfrentaba a la Guerra de Crimea. En ella los soldados se enfrentaban doblemente a la muerte, primero en el campo de batalla y, después, en el hospital. Y entonces un ruiseñor comenzó a cantar detrás de una ventana: Florence Nightingale.

De la mano de un conocido de la familia y Secretario de Guerra en ese momento, Sidney Herbert, Florence fue propuesta para reclutar un nutrido grupo de enfermeras que partieron hacia el frente con el objetivo de ayudar a mejorar las condiciones de salud de los soldados.

Pero, al llegar al distrito de Scutari en Estambul, nada fue como esperaban. El hospital estaba construido sobre una cloaca, todo estaba sucio, no había ventilación suficiente, enfermos y heridos yacían juntos en el suelo sin importar la naturaleza de su dolencia. Pero no siendo suficiente, el grupo de mujeres comandadas por Florence se toparon con las reticencias de los médicos militares con John Hall a la cabeza que les impidieron hacer ningún cambio en la situación de los enfermos.

Ellas, sin embargo, no se rindieron, se unieron ante la adversidad y esperaron pacientemente. Florence aprendió de ellas, de la misma forma en que ellas aprendieron de Florence, y, aunque se dieron algunos enfrentamientos, como los que tuvo con Betsi Cadwaladr (otra de las grandes figuras de la enfermería moderna) se creó una gran unión que las permitió resistir hasta que las circunstancias y el exceso de enfermos tras la Batalla de Balaclava en octubre de 1854 obligaron a los médicos a ceder. Fue entonces cuando Florence y todo su equipo se ganaron la confianza del equipo medico que les permitió actuar. Limpiaron, ordenaron y mejoraron las condiciones del hospital y de los enfermos, mejorando también su alimentación.

Estas mujeres, y sobre todo Florence, se convirtieron en heroínas para Inglaterra desde donde los donativos no cesaban de llegar para aliviar considerablemente la situación en la que la burocracia del estado las dejaba. Una burocracia, anquilosada en las viejas costumbres, que evitaba la llegada de suplidos siempre insuficientes. Ante esta situación los médicos senior habían decidido negar el uso de cloroformo a los soldados de rango menor que se debatían entre gritos en la mesa de operaciones.

Esto enfadaba enormemente a Florence que consideraba a estos soldados poco menos que sus hijos. Así lo sentían ellos también, que la adoraban y agradecían que siempre estuviese vigilante, incluso durante las noches en las que se paseaba lámpara en mano, procurando que todo estuviese en orden. Estos paseos le valieron el nombre de “la dama de la lámpara” por el que se la conocía en toda Inglaterra.

Además de atender a sus enfermos día y noche, Florence se dedicó a visitar los hospitales de la región, a escribir todo lo que estaba pasando, a recopilar datos de todo tipo sobre el número de muertes y sus causas. Estaba siempre trabajando y su salud se resentía, de hecho, acabó contrayendo brucelosis, también conocida como Fiebre de Malta, una enfermedad causada por una infección bacteriana que la debilitó y con la que tuvo que convivir el resto de su vida.

La estadística como esperanza

Al acabar la guerra, Florence volvió a Inglaterra tratando de mantener su incógnito, pero pronto fue llamada ante la Reina a la que pidió una comisión que trabajase sobre lo acontecido en los hospitales de Crimea para mejorar, en base a ello, la salud pública del país. Esta comisión fue encargada a Lord Panmure quien pidió a Florence un informe sobre lo acontecido. Florence estuvo trabajando en el informe veinte horas al día siete días a la semana compilando un total de 800 paginas en las que se observaba la importancia de las condiciones higiénicas.

Durante la redacción de este informe, Florence se dio cuenta de que, no importaba lo bien que hubiese cuidado su equipo de los enfermos, las nefastas condiciones sanitarias del hospital (que, recordemos, estaba construido sobre unas cloacas) llevaron a la muerte a muchos soldados. Florence se fustigaba por este hecho, pero vio en la oportunidad para alertar a la sociedad inglesa sobre la necesidad de un cambio.

El tratamiento estadístico de los datos incluyendo su visualización en su famoso Diagrama de Rosa no solo sirvió para convencer al gobierno, sino que le valió el reconocimiento de la sociedad científica y en particular, el honor de ser la primera mujer admitida en la Royal Statistical Society en 1858.

Nunca es demasiado tarde

Era entonces el momento oportuno para que Florence abriese en 1860 su añorada escuela de enfermería que se sitúo en el Hospital Sant Thomas de Londres y que, aún hoy en día, sigue formando enfermeras y matronas dentro del King’s College bajo el nombre de Florence Nightingale Faculty of Nursing, Midwifery & Palliative Care.

https://www.kcl.ac.uk/nmpc

Su ánimo y dedicación eran interminables y se propuso un nuevo objetivo: mejorar la salud pública en la, entonces colonia británica, India. Este fue quizás el proyecto más grande de su vida y que emprendió a pesar de su inestable estado de salud. Y es que Florence, tal y como demostró innumerables veces a lo largo de su vida, tenía un profundo sentido de la justicia que le impedía dejar a nadie atrás, sin importar su estatus social, su sexo o su religión.

Al final de sus días, su salud comenzó a mejorar, lo que le permitió visitar su escuela de enfermería y disfrutar de las visitas de sus alumnas a las que adoraba y que la llenaban de vida. Este fue, sin duda, uno de sus grandes premios, quizás más importante para ella que la el Order of Merit o del premio Freedom of the City of London. Premios, estos últimos, recogidos en su nombre por uno de los nietos de su tía Mai (esa a la que fue a cuidar cuando estaba en su séptimo embarazo) debido a su avanzada edad y delicado estado de salud.

Una tarde de agosto de 1910 Florence fallecía dormida en su silla, quiero imaginar que feliz por todo lo que consiguió luchando contra viento y marea y rompiendo con todas las reglas de su tiempo.

Durante toda su vida Florence se cruzó con grandes mujeres que le servirían de inspiración, entre ellas una monja italiana, Madre Santa Colomba -que la animó a seguir el camino de la enfermería; la primera doctora reconocida, Elizabeth Blackwell, o la escritora Mary Ann Evans -quien publicó la novela Middlemarch bajo el seudónimo de George Eliot. La lucha de estas y de otras mujeres a las que conoció, inspiró a Florence a escribir Cassandra, un brillante ensayo feminista sobre la situación de la mujer en la sociedad victoriana.

Un estudio muy interesante sobre todas las influyentes relaciones que mantuvo Florence es el escrito por Altea Lorenzo y Pilar Cacheiro y que puede encontrase aquí: https://rss.onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/1740-9713.01375

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